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ene 2012 27

Política exterior de AMLO

Publicado en: Columnas

Luis Gerardo Romo Fonseca

El Sol de Zacatecas, viernes 27 de enero de 2012

Hace un par de días, el precandidato de las izquierdas a la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, encabezó en Zacatecas el “Foro Nacional Relaciones Internacionales y Comunidades Mexicanas en el Exterior”. En nuestra tierra, el político tabasqueño señaló que de llegar a la Presidencia, la política exterior de México tendrá como base la justicia, la estabilidad interna y se nutrirá de los valores históricos de independencia y libertad, consagrados en nuestra Carta Magna: “la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”.

En este tema, vale la pena recordar los ejemplos destacados en la historia, que dieron forma a la política exterior mexicana y  causaron la admiración de otros países, como lo fueron La Doctrina Carranza y La Doctrina Estrada. La primera fue establecida en 1918 durante la administración de Venustiano Carranza (1917-1920); argumentaba la importancia de la igualdad entre los Estados y reprobaba toda intervención en los asuntos internos de otra nación, así como la equidad de los derechos de nacionales y extranjeros ante las leyes de un país. Mediante esta doctrina, se fijó el principio de la No Intervención. Por lo que toca a la doctrina Estrada, surgió por  iniciativa del entonces ministro de Relaciones Exteriores del presidente Pascual Ortiz Rubio (1930-1932), Genaro Estrada Félix, quien estableció la posición de mantener o romper relaciones con otro país; sin que ello significara la aprobación o reprobación de sus gobiernos locales, en respeto de su autodeterminación.

En fechas más recientes, la solidez y proyección de la política exterior mexicana ha venido a la baja. Cabe recordar que la alternancia en la Presidencia de la República, tras 70 años de un régimen autoritario, le otorgó una renovada legitimidad a México en el ámbito internacional; este bono democrático le planteó al país nuevas oportunidades para que asumiera una mayor influencia diplomática en los escenarios internacionales. Sin embargo esto no fue aprovechado  pese a que México pudo haber ocupado un lugar preponderante en el concierto de las naciones y refrendar su liderazgo tradicional en América Latina, al ubicarse como el referente diplomático en la región. Lamentablemente, con los gobiernos panistas, no sólo no alcanzamos ese objetivo sino que se deterioró en gran medida, lo que sus antecesores habían construido gracias a sus fortalezas y a pesar de sus debilidades.

Indudablemente, los desafíos de la política exterior mexicana son enormes y no existe una respuesta única y sencilla, porque nuestro país tiene problemas de gran complejidad que se entrelazan entre sí y comprenden aspectos políticos, sociales, económicos y culturales. Paralelamente, a nivel global, estamos en medio de un profundo quiebre del sistema financiero e inmersos en un marco de crisis recurrentes, con un entorno internacional cada vez más delicado y peligroso por sus constantes contradicciones, violencia, injusticias y desigualdades. Como prueba, el planeta ahora presenta un gran deterioro ambiental y su desequilibrio se manifiesta con severidad en alteraciones climáticas, que se traducen en sequías, inundaciones, heladas atípicas, entre otros fenómenos naturales. Así mismo, en un mundo cada vez más cerrado, interconectado y donde las presiones externas se resienten cada vez con más fuerza, México tiene que renovar o reconstruir su política exterior, porque de lo contrario -como advirtió López Obrador-, estaríamos en camino de debilitar nuestra capacidad de desarrollo y de proyección nacional.

Por tal motivo, en la actualidad nadie puede negar que la política exterior constituye un mecanismo fundamental que determina el logro de los propósitos de cualquier país; las interacciones de las naciones arrojan resultados que impactan en la política interior de las mismas. De esta forma, la repercusión de las decisiones tomadas en el ámbito internacional marcan la vida de los ciudadanos, por lo que México necesita una definición clara y contundente, que parta de las necesidades nacionales y nos proyecte con fuerza al exterior.

En este sentido, el argumento de que “la mejor política exterior es la interior”, retomado por AMLO, es atinado: “si hacemos bien las cosas en nuestro país, si hay progreso y justicia, seguridad y paz social, vamos a recuperar el lugar que merecemos en el concierto de las naciones”. Por otro lado, debido a la importancia de la relación bilateral con el vecino país del norte, es también atinado que entre los ejes de sus estrategias diplomáticas, López Obrador, destaque el establecimiento de una relación de respeto mutuo y de colaboración de México con los Estados Unidos. Paralelamente a reforzar la soberanía nacional (tan empequeñecida ahora) mediante una política de promoción al desarrollo y fortalecimiento de la democracia en el país, a efecto de ser “respetados y respetables en el mundo”. Por último, no podemos dejar de mencionar que es un acierto la decisión de AMLO, referente a que si llega a la presidencia de la República, pagará a los exbraceros en una sola exhibición, el histórico adeudo que el gobierno mexicano tiene con ellos.


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